martes, 9 de julio de 2013

LA CASA DEL AIRE


Dicen que los recuerdos que más nos marcan son los de la infancia. El lugar donde naces y creces deja en nosotros una huella que no se borra jamás.
Muchas veces he intentado escribir sobre la casa donde nací y me crié, y otras tantas he desistido dada la dificultad de describir en unas pocas líneas una casa tan compleja y variopinta.

Debo decir que quizá sea la mas emblemática del bajo Albaicín, y está situada entre las calles Zenete y Beteta. Se la conoce como la Casa del Aire, dado que al ser la mas alta de los alrededores el viento la azota por los cuatro costados.

Aunque el exterior es aparentemente normal, el interior es un laberinto de habitaciones, pasillos y escaleras, que fueron surgiendo según las necesidades de los dueños, sin orden  ni concierto. Al poseer éstos una empresa de albañilería, todos los sobrantes de las obras iban a parar a la casa, y así las solerías, al igual que el resto de materiales, eran un auténtico muestrario de formas, texturas y colores, mezclados arbitrariamente.

Había tramos de escaleras de piedra, de madera, de cemento.....como anécdota baste decir que la puerta de mi piso había pertenecido a una Iglesia, ya que tenía talladas, en la recia madera, la iniciales J H S.
Había también dos pozos o aljibes, uno en cada patio, de donde se abastecían los vecinos, ya que hasta los primeros sesenta no se instaló el agua en los pisos.

La fauna era también muy completa, teníamos ratas, ratones, salamanquesas y las primeras fueron desapareciendo gracias a una camada de gatos semi-salvajes que se instalaron en el hueco del tejado de la casa, y que salían a cazar por las noches, formando unas zapatiestas sensacionales.

De todas formas, y a pesar de todos estos inconvenientes, tuve una niñez     feliz, y de entre todos los recuerdos que guardo, destacaría tres cosas: la calidad humana de los vecinos, que formábamos una gran familia, mis amigas, algunas de las cuales tengo la suerte de conservar, y el cielo..., sí, el cielo. No he vuelto a ver un cielo mas limpio y estrellado que el que podía contemplar cada noche, desde mi balcón de la Casa del Aire.

Por Rosa Carmen Sánchez.

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